En medio del funeral, llega el cadáver de Cecilia, estando todos presentes en la ceremonia. Rodearon el ataúd; notaban cosas extrañas, como por ejemplo:movimientos extraños del cadáver y la apariemcia de su rostro.
Contemplandolo, mientras que de repente se escucha el chillido de la puerta abierta. Nada más y nada menos era Belena, la "supuesta" asesina de Cecilia. Se acercó hacia el cajón e hizo una especie de mueca, y una mirada como diciendo:"ese fue su fin".
Ella estaba tranquila porque nadie sospechaba de su oscuro pasado. Para quedar bien hacia los demás redactó unas pequeñas palabras para la fallecida. A continuación del discurso se hizo un pequeño minuto de silencio, donde ocurrio algo muy extraño...el cajón se empezo a mover.
La gente quedó asombrada e inmovilizada al ver ese ext4raño movimiento. Shokeados empezaron a ver cómo Cecilia se levantaba lentamente de su ataúd.
Se descubrió toda la verdad de Belena fue presa por el resto de su vida y allí Cecilia pudo recuperar su fortuna y su nueva vida.
integrantes:Melisa Cueto, Ailén Olgiati, y Majo Tello.
martes, 25 de agosto de 2009
final alternativo de ceremonia secreta
viernes, 7 de agosto de 2009
instrucciones para poder enamorarse
Cuando uno se enamora siente muchas cosas, com de sentr cosquillas en la panza, hasta quedarse embobada/a.
cuando uno se enamora sentimos diferentes tipos de emociones, desde lo mas simple hasta lo mas loco que puede haber.Una enamorado no mide lo que hace, se las juega por todas sin pensar os riesgos que pueden pasar, ni el que diran.Pensas todo el dia en esa persona, te quedas en las nube, pensas el futuro con esa persona... Te imaguinas toda la vida planeada con el, y ni pensas que se te puede ir de entre tus manos.
para lograr este objetivo que te cambia la vida, sigan estas instruccione:
*focalizar la mirada en esa persona que te atrae.
*tratar de establecer una relacion, asi te acercas mas a esa persona.
*analizar sus sentimientos, y pensar si esa persona realmente puede ahcer el amor de tu vida.
*conocer bien sus gustos y que cosas le atrae, para poner en practica.
*no esconcerte adelante de la persona que te gusta, porque sino nunca te va a tener en cuenta.
*no estar todo el tiempo encima de esa persona, estar ahi en los momentos que mas te necesite.
integrantes:Melisa cueto, Ailén Olgiati,majo tello,Nano Martinez
domingo, 28 de junio de 2009

La mayor parte de las cartas de amor están llenas de mentiras, no todas.
Yo trato de ser honesta, pero por lo general se escribe lo que el otro quiere escuchar, no se porque. Igual el otro no esta siempre en la labor de creérsela, pero ¿Quien no mintió alguna vez?
Muchas despedidas están llenas de promesas vanas, yo estoy segura que en alguna de ellas mentiste: "Que no pasa nada, que es un tiempo, que ahora es lo mejor para los dos." Y si, porque las despedidas tienen un protocolo que hace necesario mentir para no sentirse culpable o responsable del fracaso que supone que el amor se acabe.
¿Sabes que es lo peor del amor cuando se acaba?... Que se ACABA.
Y aun así nosotros intentamos eludir la culpa y mentimos y seguimos mintiendo y somos capaces de ir mas allá y decimos "No te preocupes, yo voy a estar bien. Lo que quiero, lo que siempre quise es que seas FELIZ."
Después nos imaginamos a el con otra, y nos lastimamos, lloramos y nos preguntamos si la llevara a los mismos lugares que te llevaba a vos, si se dirán las mismas mentiras, si se enojara por las mismas cosas y lo que es peor si se reconciliaran de la misma forma. Y te devoras los sesos preguntándote que pasara. Pero el esta bien; si el se va, si el me deja, cultivemos el odio, declaremos la guerra porque, no se, quizás nos sintamos mejor. Aunque yo creo que no, que como todas las cartas de amor esta también esta llena de mentiras y cuando decimos el se va, el me deja, lo que queremos decir es que si te vas que no sea muy lejos, ni por mucho TIEMPO.
MARIA EUGENIA RAMOS.
viernes, 19 de junio de 2009
El hambre
Alrededor de la empalizada desigual que corona la meseta frente al río, las hogueras de los indios chisporrotean día y noche. En la negrura sin estrellas meten más miedo todavía. Los españoles, apostados cautelosamente entre los troncos, ven al fulgor de las hogueras destrenzadas por la locura del viento, las sombras bailoteantes de los salvajes. De tanto en tanto, un soplo de aire helado, al colarse en las casucas de barro y paja, trae con él los alaridos y los cantos de guerra. Y en seguida recomienza la lluvia de flechas incendiarias cuyos cometas iluminan el paisaje desnudo. En las treguas, los gemidos del Adelantado, que no abandona el lecho, añaden pavor a los conquistadores. Hubieran querido sacarle de allí; hubieran querido arrastrarle en su silla de manos, blandiendo la espada como un demente, hasta los navíos que cabecean más allá de la playa de toscas, desplegar las velas y escapar de esta tierra maldita; pero no lo permite el cerco de los indios. Y cuando no son los gritos de los sitiadores ni los lamentos de Mendoza, ahí está el angustiado implorar de los que roe el hambre, y cuya queja crece a modo de una marea, debajo de las otras voces, del golpear de las ráfagas, del tiroteo espaciado de los arcabuces, del crujir y derrumbarse de las construcciones ardientes.
Así han transcurrido varios días; muchos días. No los cuentan ya. Hoy no queda mendrugo que llevarse a la boca. Todo ha sido arrebatado, arrancado, triturado: las flacas raciones primero, luego la harina podrida, las ratas, las sabandijas inmundas, las botas hervidas cuyo cuero chuparon desesperadamente. Ahora jefes y soldados yacen doquier, junto a los fuegos débiles o arrimados a las estacas defensoras. Es difícil distinguir a los vivos de los muertos.Don Pedro se niega a ver sus ojos hinchados y sus labios como higos secos, pero en el interior de su choza miserable y rica le acosa el fantasma de esas caras sin torsos, que reptan sobre el lujo burlón de los muebles traídos de Guadix, se adhieren al gran tapiz con los emblemas de la Orden de Santiago, aparecen en las mesas, cerca del Erasmo y el Virgilio inútiles, entre la revuelta vajilla que, limpia de viandas, muestra en su tersura el “Ave María” heráldico del fundador.
El enfermo se retuerce como endemoniado. Su diestra, en la que se enrosca el rosario de madera, se aferra a las borlas del lecho. Tira de ellas enfurecido, como si quisiera arrastrar el pabellón de damasco y sepultarse bajo sus bordadas alegorías. Pero hasta allí le hubieran alcanzado los quejidos de la tropa. Hasta allí se hubiera deslizado la voz espectral de Osorio, el que hizo asesinar en la playa del Janeiro, y la de su hermano don Diego, ultimado por los querandíes el día de Corpus Christi, y las otras voces, más distantes, de los que condujo al saqueo de Roma, cuando el Papa tuvo que refugiarse con sus cardenales en el castillo de Sant Angelo. Y si no hubiera llegado aquel plañir atroz de bocas sin lenguas, nunca hubiera logrado eludir la persecución de la carne corrupta, cuyo olor invade el aposento y es más fuerte que el de las medicinas. ¡Ay!, no necesita asomarse a la ventana para recordar que allá afuera, en el centro mismo del real, oscilan los cadáveres de los tres españoles que mandó a la horca por haber hurtado un caballo y habérselo comido. Les imagina, despedazados, pues sabe que otros compañeros les devoraron los muslos.
¿Cuándo regresará Ayolas, Virgen del Buen Aire? ¿Cuándo regresarán los que fueron al Brasil en pos de víveres? ¿Cuándo terminará este martirio y partirán hacia la comarca del metal y de las perlas? Se muerde los labios, pero de ellos brota el rugido que aterroriza. Y su mirada turbia vuelve hacia los platos donde el pintado escudo del Marqués de Santillana finge a su extravío una fruta roja y verde.
Baitos, el ballestero, también imagina. Acurrucado en un rincón de su tienda, sobre el suelo duro, piensa que el Adelantado y sus capitanes se regalan con maravillosos festines, mientras él perece con las entrañas arañadas por el hambre. Su odio contra los jefes se torna entonces más frenético. Esa rabia le mantiene, le alimenta, le impide echarse a morir. Es un odio que nada justifica, pero que en su vida sin fervores obra como un estímulo violento. En Morón de la Frontera detestaba al señorío. Si vino a América fue porque creyó que aquí se harían ricos los caballeros y los villanos, y no existirían diferencias. ¡Cómo se equivocó! España no envió a las Indias armada con tanta hidalguía como la que fondeó en el Río de la Plata. Todos se las daban de duques. En los puentes y en las cámaras departían como si estuvieran en palacios. Baitos les ha espiado con los ojos pequeños, entrecerrándolos bajo las cejas pobladas. El único que para él algo valía, pues se acercaba a veces a la soldadesca, era Juan Osorio, y ya se sabe lo que pasó: le asesinaron en el Janeiro. Le asesinaron los señores por temor y por envidia. ¡Ah, cuánto, cuánto les odia, con sus ceremonias y sus aires! ¡Como si no nacieran todos de idéntica manera! Y más ira le causan cuando pretenden endulzar el tono y hablar a los marineros como si fueran sus iguales. ¡Mentira, mentiras! Tentado está de alegrarse por el desastre de la fundación que tan recio golpe ha asestado a las ambiciones de esos falsos príncipes. ¡Sí! ¿Y por qué no alegrarse?
El hambre le nubla el cerebro y le hace desvariar. Ahora culpa a los jefes de la situación. ¡El hambre!, ¡el hambre!, ¡ay!; ¡clavar los dientes en un trozo de carne! Pero no lo hay... no lo hay... Hoy mismo, con su hermano Francisco, sosteniéndose el uno al otro, registraron el campamento. No queda nada que robar. Su hermano ha ofrecido vanamente, a cambio de un armadillo, de una culebra, de un cuero, de un bocado, la única alhaja que posee: ese anillo de plata que le entregó su madre al zarpar de San Lúcar y en el que hay labrada una cruz. Pero así hubiera ofrecido una montaña de oro, no lo hubiera logrado, porque no lo hay, porque no lo hay. No hay más que ceñirse el vientre que punzan los dolores y doblarse en dos y tiritar en un rincón de la tienda.
El viento esparce el hedor de los ahorcados. Baitos abre los ojos y se pasa la lengua sobre los labios deformes. ¡Los ahorcados! Esta noche le toca a su hermano montar guardia junto al patíbulo. Allí estará ahora, con la ballesta. ¿Por qué no arrastrarse hasta él? Entre los dos podrán descender uno de los cuerpos y entonces...
Toma su ancho cuchillo de caza y sale tambaleándose.
Es una noche muy fría del mes de junio. La luna macilenta hace palidecer las chozas, las tiendas y los fuegos escasos. Dijérase que por unas horas habrá paz con los indios, famélicos también, pues ha amenguado el ataque. Baitos busca su camino a ciegas entre las matas, hacia las horcas. Por aquí debe de ser. Sí, allí están, allí están, como tres péndulos grotescos, los tres cuerpos mutilados. Cuelgan, sin brazos, sin piernas... Unos pasos más y los alcanzará. Su hermano andará cerca. Unos pasos más...Pero de repente surgen de la noche cuatro sombras. Se aproximan a una de las hogueras y el ballestero siente que se aviva su cólera, atizada por las presencias inoportunas. Ahora les ve. Son cuatro hidalgos, cuatro jefes: don Francisco de Mendoza, el adolescente que fuera mayordomo de don Fernando, Rey de los Romanos; don Diego Barba, muy joven, caballero de la Orden de San Juan de Jerusalén; Carlos Dubrin, hermano de leche de nuestro señor Carlos V; y Bernardo Centurión, el genovés, antiguo cuatralbo de las galeras del Príncipe Andrea Doria.
Baitos se disimula detrás de una barrica. Le irrita observar que ni aun en estos momentos en que la muerte asedia a todos han perdido nada de su empaque y de su orgullo. Por lo menos lo cree él así. Y tomándose de la cuba para no caer, pues ya no le restan casi fuerzas, comprueba que el caballero de San Juan luce todavía su roja cota de armas, con la cruz blanca de ocho puntas abierta como una flor en el lado izquierdo, y que el italiano lleva sobre la armadura la enorme capa de pieles de nutria que le envanece tanto.A este Bernardo Centurión le execra más que a ningún otro. Ya en San Lúcar de Barrameda, cuando embarcaron, le cobró una aversión que ha crecido durante el viaje. Los cuentos de los soldados que a él se refieren fomentaron su animosidad. Sabe que ha sido capitán de cuatro galeras del Príncipe Doria y que ha luchado a sus órdenes en Nápoles y en Grecia. Los esclavos turcos bramaban bajo su látigo, encadenados a los remos. Sabe también que el gran almirante le dio ese manto de pieles el mismo día en que el Emperador le hizo a él la gracia del Toisón. ¿Y qué? ¿Acaso se explica tanto engreimiento? De verle, cuando venía a bordo de la nao, hubieran podido pensar que era el propio Andrea Doria quien venía a América. Tiene un modo de volver la cabeza morena, casi africana, y de hacer relampaguear los aros de oro sobre el cuello de pieles, que a Baitos le obliga a apretar los dientes y los puños. ¡Cuatralbo, cuatralbo de la armada del Príncipe Andrea Doria! ¿Y qué? ¿Será él menos hombre, por ventura? También dispone de dos brazos y de dos piernas y de cuanto es menester...Conversan los señores en la claridad de la fogata. Brillan sus palmas y sus sortijas cuando las mueven con la sobriedad del ademán cortesano; brilla la cruz de Malta; brilla el encaje del mayordomo del Rey de los Romanos, sobre el desgarrado jubón; y el manto de nutrias se abre, suntuoso, cuando su dueño afirma las manos en las caderas. El genovés dobla la cabeza crespa con altanería y le tiemblan los aros redondos. Detrás, los tres cadáveres giran en los dedos del viento.
El hambre y el odio ahogan al ballestero. Quiere gritar mas no lo consigue y cae silenciosamente desvanecido sobre la hierba rala.
Cuando recobró el sentido, se había ocultado la luna y el fuego parpadeaba apenas, pronto a apagarse. Había callado el viento y se oían, remotos, los aullidos de la indiada. Se incorporó pesadamente y miró hacia las horcas. Casi no divisaba a los ajusticiados. Lo veía todo como arropado por una bruma leve. Alguien se movió, muy cerca. Retuvo la respiración, y el manto de nutrias del capitán de Doria se recortó, magnífico, a la luz roja de las brasas. Los otros ya no estaban allí. Nadie: ni el mayordomo del Rey, ni Carlos Dubrin, ni el caballero de San Juan. Nadie. Escudriñó en la oscuridad. Nadie: ni su hermano, ni tan siquiera el señor don Rodrigo de Cepeda, que a esa hora solía andar de ronda, con su libro de oraciones.Bernardo Centurión se interpone entre él y los cadáveres: sólo Bernardo Centurión, pues los centinelas están lejos. Y a pocos metros se balancean los cuerpos desflecados. El hambre le tortura en forma tal que comprende que si no la apacigua en seguida enloquecerá. Se muerde un brazo hasta que siente, sobre la lengua, la tibieza de la sangre. Se devoraría a sí mismo, si pudiera. Se troncharía ese brazo. Y los tres cuerpos lívidos penden, con su espantosa tentación... Si el genovés se fuera de una vez por todas... de una vez por todas... ¿Y por qué no, en verdad, en su más terrible verdad, de una vez por todas? ¿Por qué no aprovechar la ocasión que se le brinda y suprimirle para siempre? Ninguno lo sabrá. Un salto y el cuchillo de caza se hundirá en la espalda del italiano. Pero ¿podrá él, exhausto, saltar así? En Morón de la Frontera hubiera estado seguro de su destreza, de su agilidad...
No, no fue un salto; fue un abalanzarse de acorralado cazador. Tuvo que levantar la empuñadura afirmándose con las dos manos para clavar la hoja. ¡Y cómo desapareció en la suavidad de las nutrias! ¡Cómo se le fue hacia adentro, camino del corazón, en la carne de ese animal que está cazando y que ha logrado por fin! La bestia cae con un sordo gruñido, estremecida de convulsiones, y él cae encima y siente, sobre la cara, en la frente, en la nariz, en los pómulos, la caricia de la piel. Dos, tres veces arranca el cuchillo. En su delirio no sabe ya si ha muerto al cuatralbo del Príncipe Doria o a uno de los tigres que merodean en torno del campamento. Hasta que cesa todo estertor. Busca bajo el manto y al topar con un brazo del hombre que acaba de apuñalar, lo cercena con la faca e hinca en él los dientes que aguza el hambre. No piensa en el horror de lo que está haciendo, sino en morder, en saciarse. Sólo entonces la pincelada bermeja de las brasas le muestra más allá, mucho más allá, tumbado junto a la empalizada, al corsario italiano. Tiene una flecha plantada entre los ojos de vidrio. Los dientes de Baitos tropiezan con el anillo de plata de su madre, el anillo con una labrada cruz, y ve el rostro torcido de su hermano, entre esas pieles que Francisco le quitó al cuatralbo después de su muerte, para abrigarse. El ballestero lanza un grito inhumano. Como un borracho se encarama en la estacada de troncos de sauce y ceibo, y se echa a correr barranca abajo, hacia las hogueras de los indios. Los ojos se le salen de las órbitas, como si la mano trunca de su hermano le fuera apretando la garganta más y más.
Manuel Mujica Lainez Misteriosa Buenos Aires (1950)
martes, 9 de junio de 2009
El Minotopo
Chicos, chicas, este es el video de la publicidad que recordó Nano y que pudo ubicar en youtube. Otro ejemplo de interdiscursividad, en este caso de uno de los mitos que leímos en clase. Sería bueno que alguien subiera el mito del que se hace alusión ¿no?
viernes, 5 de junio de 2009
Efecto Mariposa
Sinópsis:
Es la historia de un joven (Evan) que tiene una enfermedad, heredada de su padre, la cual le impide recordar parte de distintos hechos que pasan en su vida, como si fuese una película que le faltaran partes. Su médico le comenta a la madre de Evan que sería muy útil, utilizar unos diarios, en los que Evan escribiría todo lo que hace. Evan tiene tres amigos de la infancia, con los cuales está siempre: Kayleigh, Tommy y Lenny. Luego de un hecho trágico en la casa de una señora con su bebé, a causa de una dinamita que fue puesta en el buzón por Lenny, que fue obligado por Tommy a ponerla ahí, se empiezan a complicar las cosas. Este hecho traumatizó a Kayleigh y a Lenny, el cual fue trasladado a un neuropsiquiátrico a causa del shock que recibió al ver esa escena.
Muchos años pasan hasta que Evan puede descubrír que hay una forma de poder cambiar su futuro, mediante la lectura de sus diarios, así pasa por distintos futuros que surgían según lo que pasaba en esos recuerdos, pero alguien siempre salía perjudicado, y casi siempre lo era el amor de su vida (Kayleigh). Hasta que se resigna, y en una grabación de cuando eran chicos, le dice a ella que la odia y que si se le acerca mataría a toda su familia, lo que haría que nunca entablaran una amistad, y no pasaría nada malo.
Bueno, espero que les haya gustado la sinópsis...
Los tres chanchitos (Relatado por el lobo)
LOS TRES CHANCHITOS
(Relatado por el lobo)
Luego de un año del hecho que me trajo tanto dolor, me refiero claramente al hecho entre Caperucita y yo, me fui recuperando hasta estar en un buen estado de ánimo. Aún sabiendo que me recuperé de aquel maldito momento, sentía que algo me faltaba… lo que yo sentía era una gran soledad, y claro, ¿quién se iba a acercar a un lobo que se lo tildaba como “feroz”?.
Fue así como un día conocí a tres chanchitos, por pura casualidad, viéndolos pasar para comprar su cena. Noté que dos de ellos eran muy amarretes, por lo que se compraban cosas baratas en mucha cantidad que duraban poco, a la misma vez, vi que el tercero era ingenioso y compraba lo que necesitaba en la cantidad que lo necesitaba. Intenté acercarme a ellos, pero salieron corriendo ya que, como antes les conté, me fichaban de “feroz”.
Unos días después, me enteré que se sentían inseguros en su choza, y decidieron construir casas nuevas para protegerse de mí. Fui a espiar un poco, y como había visto antes, uno solo era el ser pensante y los otros se dejaban llevar por lo que “pensaban”.
¡Ay!, entre tanta historia que les conté, no les conté mi más grande virtud: era el mejor soplador de todo el bosque. Es más, de pequeño, cuando nadie me temía, inflaba globos y con eso me ganaba la vida. Les cuento esto, ya que no es un dato menor.
Volviendo a la historia principal, los amigos porcinos habían hecho tres casas diferentes, una de paja, la otra de madera balsa, éstas de los chanchitos amarretes, y la de ladrillos, del más inteligente. Como siempre quería ayudar, fui escondido a decirles a los dos chanchitos menos inteligentes que sus casas no los protegerían de las lluvias, vientos, etc. Solo recibí signos de miedo, lo que hizo que me cerraran la puerta en la cara. Esto no me hizo enfadar, pero me hizo entender que había que concientizar a los chanchitos de que no era seguro vivir ahí.
Volví a la noche, y empecé a soplar tan fuerte, que derribé la casa del primero, el mismo fue a la casa del segundo, lo mismo hice con la segunda casa y los chanchitos, aterrorizados, salieron corriendo hacia la del tercero, por fin había logrado conseguir mi objetivo pero aquello tuvo una consecuencia muy grande, llamaron a la policía y me metieron en una jaula.
Hoy, estoy en un monte, más sólo que antes, pero… ¿qué se le va a hacer? Lo único que me queda de consuelo, es saber que concienticé a esos pobres chanchitos y ahora vivirán más seguros.
Lo que muestran estas historias es que a veces, simplemente por una apariencia, no se ve todo lo que hay detrás, pero bueno, terminé sólo y creo que estaré así por un buen tiempo.
jueves, 28 de mayo de 2009
fotos de personajes de fábulas en Disney
Ese era el final de un espectáculo , que pasaban los personajes , están lo enanitos , qué lindo vieron? buen y un par más de personajes, hay me re emocioné que sé usar esto otro 10 porfavor GRACIAS
esa foto es de un arbusto que me gustó y le saqué una foto jaja , es Blancanieves vieron? re lindaaa(aprendí a usarlo 10 PARA EUGE RAMOS GRACIAS.)
martes, 26 de mayo de 2009
Video para disfrutar y charlar en clase
¿Qué cambios notan con respecto a la fábula original? Ya pueden ir respondiendo en los comentarios.
"Caperucita roja" de Triunfo Arciniegas
Detuve la bicicleta y desmonté. La saludé con respeto y alegría. Ella hizo con el chicle un globo tan grande como el mundo, lo estalló con la uña y se lo comió todo. Me rasqué detrás de la oreja, pateé una piedrecita, respiré profundo, siempre con la flor escondida. Caperucita me m
iró de arriba abajo y respondió a mi saludo sin dejar de masticar.—¿Qué se te ofrece? ¿Eres el lobo feroz?
Me quedé mudo. Sí era el lobo pero no feroz. Y sólo pretendía regalarle una flor recién cortada. Se la mostré de súbito, como por arte de magia. No esperaba que me aplaudiera como a los magos que sacan conejos del sombrero, pero tampoco ese gesto de fastidio. Titubeando, le dije:
—Quiero regalarte una flor, niña linda.
—¿Esa flor? No veo por qué.
—Está llena de belleza —dije, lleno de emoción.
—No veo la belleza —dijo Caperucita—. Es una flor como cualquier otra. S
acó el chicle y lo estiró. Luego lo volvió una pelotita y lo regresó a la boca. Se fue sin despedirse. Me sentí herido, profundamente herido por su desprecio. Tanto, que se me soltaron las lágrimas. Subí a la bicicleta y le di alcance.
—Mira mi reguero de lágrimas.
—¿Te caíste? —dijo—. Corre a un hospital.
—No me caí.
—Así parece porque no te veo las heridas.
—Las heridas están en mi corazón —dije.
—Eres un imbécil.
Escupió el chicle con la violencia de una bala.
Volvió a alejarse sin despedirse.
Sentí que el polvo era mi pecho, traspasado por la bala de chicle, y el río de la sangre se estiraba hasta alcanzar una niña que ya no se veía por ninguna parte. No tuve valor para subir a la bicicleta. Me quedé toda la tarde sentado en la pena. Sin darme cuenta, uno tras otro, le arranqué los pétalos a la flor. Me arrimé al campanario abandonado pero no encontré consuelo entre los murciélagos, que se alejaron al anochecer. Atrapé una pulga en mi barriga, la destripé con rabia y esparcí al viento los pedazos. Empujando la bicicleta, con el peso del desprecio en los huesos y el corazón más desmigajado que una hoja seca pisoteada por cien caballos, fui hasta el pueblo y me tomé unas cervezas. “Bonito disfraz”, me dijeron unos borrachos, y quisieron probárselo. Esa noche había fuegos artificiales. Todos estaban de fiesta. Vi a Caperucita con sus padres debajo del samán del parque. Se comía un inmenso helado de chocolate y era descaradamente feliz. Me alejé como alma que lleva el diablo.
Volví a ver a Caperucita unos días después en el camino del bosque.
—¿Vas a la escuela? —le pregunté, y en seguida me di cuenta de que nadie asiste a clases con sandalias plateadas, blusa ombliguera y faldita de juguete.
—Estoy de vacaciones —dijo—. ¿O te parece que éste es el uniforme?
El viento vino de lejos y se anidó en su ombligo.
—¿Y qué llevas en el canasto?
—Un rico pastel para mi abuelita. ¿Quieres probar?
Casi me desmayo de la emoción. Caperucita me ofrecía su pastel. ¿Qué debía hacer? ¿Aceptar o decirle que acababa de almorzar? Si aceptaba pasaría por ansioso y maleducado: era un pastel para la abuela. Pero si rechazaba la invitación, heriría a Caperucita y jamás volvería a dirigirme la palabra. Me parecía tan amable, tan bella. Dije que sí.
—Corta un pedazo.
Me prestó su navaja y con gran cuidado aparté una tajada. La comí con delicadeza, con educación. Quería hacerle ver que tenía maneras refinadas, que no era un lobo cualquiera. El pastel no estaba muy sabroso, pero no se lo dije para no ofenderla. Tan pronto terminé sentí algo raro en el estómago, como una punzada que subía y se transformaba en ardor en el corazón.
—Es un experimento —dijo Caperucita—. Lo llevaba para probarlo con mi abuelita pero tú apareciste primero. Avísame si te mueres.
Y me dejó tirado en el camino, quejándome.
Así era ella, Caperucita Roja, tan bella y tan perversa. Casi no le perdono su travesura. Demoré mucho para perdonarla: tres días. Volví al camino del bosque y juro que se alegró de verme.
—La receta funciona —dijo—. Voy a venderla.
Y con toda generosidad me contó el secreto: polvo de huesos de murciélago y picos de golondrina. Y algunas hierbas cuyo nombre desconocía. Lo demás todo el mundo lo sabe: mantequilla, harina, huevos y azúcar en las debidas proporciones. Dijo también que la acompañara a casa de su abuelita porque necesitaba de mí un favor muy especial. Batí la cola todo el camino. El corazón me sonaba como una locomotora. Ante la extrañeza de Caperucita, expliqué que estaba en tratamiento para que me instalaran un silenciador. Corrimos. El sudor inundó su ombligo, redondito y profundo, la perfección del universo. Tan pronto llegamos a la casa y pulsó el timbre, me dijo:
—Cómete a la abuela.
Abrí tamaños ojos.
—Vamos, hazlo ahora que tienes la oportunidad.
No podía creerlo. Le pregunté por qué.
—Es una abuela rica —explicó—. Y tengo afán de heredar.
No tuve otra salida. Todo el mundo sabe eso. Pero quiero que se sepa que lo hice por amor. Caperucita dijo que fue por hambre. La policía se lo creyó y anda detrás de mí para abrirme la barriga, sacarme a la abuela, llenarme de piedras y arrojarme al río, y que nunca se vuelva a saber de mí.
Quiero aclarar otros asuntos ahora que tengo su atención, señores.
Caperucita dijo que me pusiera las ropas de su abuela y lo hice sin pensar. No veía muy bien con esos anteojos. La niña me llevó de la mano al bosque para jugar y allí se me escapó y empezó a pedir auxilio. Por eso me vieron vestido de abuela. No quería comerme a Caperucita, como ella gritaba. Tampoco me gusta vestirme de mujer, mis debilidades no llegan hasta allá. Siempre estoy vestido de lobo.
Es su palabra contra la mía. ¿Y quién no le cree a Caperucita? Sólo soy el lobo de la historia. Aparte de la policía, señores, nadie quiere saber de mí.
Ni siquiera Caperucita Roja. Ahora más que nunca soy el lobo del bosque, solitario y perdido, envenenado por la flor del desprecio. Nunca le conté a Caperucita la indigestión de una semana que me produjo su abuela. Nunca tendré otra oportunidad. Ahora es una niña muy rica, siempre va en moto o en auto, y es difícil alcanzarla en mi destartalada bicicleta. Es difícil, inútil y peligroso. El otro día dijo que si la seguía molestando haría conmigo un abrigo de piel de lobo y me enseñó el resplandor de la navaja. Me da miedo. La creo muy capaz de cumplir su promesa.
"Caperucita roja" versión de los hermanos Grimm
Un buen día la madre le dijo :
- Mira Caperucita Roja, aquí tienes un trozo de torta y una botella de vino para llevar a la abuela, pues está enferma y débil, y esto la reanimará. Arrég
late antes de que empiece el calor, y cuando te marches, anda con cuidado y no te apartes del camino: no vaya a ser que te caigas, se rompa la botella y la abuela se quede sin nada. Y cuando llegues a su casa, no te olvides de darle los buenos días, y no te pongas a hurguetear por cada rincón.- Lo haré todo muy bien, seguro - asintió Caperucita Roja, besando a su madre.
La abuela vivía lejos, en el bosque, a media hora de la aldea. Cuando Caperucita Roja llegó al bosque, salió a su encuentro el lobo, pero la niña no sabía qué clase de fiera maligna era y no se asustó.
- ¡Buenos días, Caperucita Roja! - la saludó el lobo.
- ¡Buenos días, lobo!
- ¿A dónde vas tan temprano, Caperucita Roja? -dijo el lobo.
- A ver a la abuela.
- ¿Qué llevas en tu canastillo?
- Torta y vino; ayer estuvimos haciendo pasteles en el horno; la abuela está enferma y débil y necesita algo bueno para fortalecerse.
- Dime, Caperucita Roja, ¿dónde vive tu abuela?
- Hay que caminar todavía un buen cuarto de hora por el bosque; su casa se encuentra bajo las tres grandes encinas; están también los avellanos; pero eso, ya lo sabrás -dijo Caperucita Roja.
El lobo pensó: "Esta joven y delicada cosita será un suculento bocado, y mucho más apetitoso que la vieja. Has de comportarte con astucia si quieres atrapar y tragar a las dos". Entonces acompañó un rato a la niña y luego le dijo :
- Caperucita Roja, mira esas hermosas flores que te rodean; sí, pues, ¿por qué no miras a tu alrededor?; me parece que no estás escuchando el melodioso canto de los pajarillos, ¿no es verdad? Andas ensimismada como si fueras a la escuela, ¡y es tan divertido corretear por el bosque!
Caperucita Roja abrió mucho los ojos, y al ver cómo los rayos del sol danzaban, por aquí y por allá, a través de los árboles, y cuántas preciosas flores había, pensó: "Si llevo a la abuela un ramo de flores frescas se alegrará; y como es tan temprano llegaré a tiempo". Y apartándose del camino se adentró en el bosque en busca de flores. Y en cuanto había cortado una, pensaba que más allá habría otra más bonita y, buscándola, se internaba cada vez más en el bosque. Pero el lobo se marchó directamente a casa de la abuela y golpeó a la puerta.
- ¿Quién es?
- Soy Caperucita Roja, que te trae torta y vino; ábreme.
- No tienes más que girar el picaporte - gritó la abuela-; yo estoy muy débil y no puedo levantarme.
El lobo giró el picaporte, la puerta se abrió de par en par, y sin pronunciar una sola palabra, fue derecho a la cama donde yacía la abuela y se la tragó. Entonces, se puso las ropas de la abuela, se colocó la gorra de dormir de la abuela, cerró las cortinas, y se metió en la cama de la abuela.
Caperucita Roja se había dedicado entretanto a buscar flores, y cogió tantas que ya no podía llevar ni una más; entonces se acordó de nuevo de la abuela y se encaminó a su casa. Se asombró al encontrar la puerta abierta y, al entrar en el cuarto, todo le pareció tan extraño que pensó: ¡Oh, Dios mío, qué miedo siento hoy y cuánto me alegraba siempre que veía a la abuela!". Y dijo :
- Buenos días, abuela.
Pero no obtuvo respuesta. Entonces se acercó a la cama, y volvió a abrir las cortinas; allí yacía la abuela, con la gorra de dormir bien calada en la cabeza, y un aspecto extraño.
- Oh, abuela, ¡qué orejas tan grandes tienes!
- Para así, poder oírte mejor.
- Oh, abuela, ¡qué ojos tan grandes tienes!
- Para así, poder verte mejor.
- Oh, abuela, ¡qué manos tan grandes tienes!
- Para así, poder cogerte mejor.
- Oh, abuela, ¡qué boca tan grandes y tan horrible tienes!
- Para comerte mejor.
No había terminado de decir esto el lobo, cuando saltó fuera de la cama y devoró a la pobre Caperucita Roja.
Cuando el lobo hubo saciado su voraz apetito, se metió de nuevo en la cama y comenzó a dar sonoros ronquidos. Acertó a pasar el cazador por delante de la casa, y pensó: "¡Cómo ronca la anciana!; debo entrar a mirar, no vaya a ser que le pase algo". Entonces, entró a la alcoba, y al acercarse a la cama, vio tumbado en ella al lobo.
- Mira dónde vengo a encontrarte, viejo pecador! – dijo -; hace tiempo que te busco.
Entonces le apuntó con su escopeta, pero de pronto se le ocurrió que el lobo podía haberse comido a la anciana y que tal vez podría salvarla todavía. Así es que no disparó sino que cogió unas tijeras y comenzó a abrir la barriga del lobo. Al dar un par de cortes, vio relucir la roja caperuza; dio otros cortes más y saltó la niña diciendo :
- ¡Ay, qué susto he pasado, qué oscuro estaba en el vientre del lobo!
Y después salió la vieja abuela, también viva aunque casi sin respiración. Caperucita Roja trajo inmediatamente grandes piedras y llenó la barriga del lobo con ellas. Y cuando el lobo despertó, quiso dar un salto y salir corriendo, pero el peso de las piedras le hizo caer, se estrelló contra el suelo y se mató.Los tres estaban contentos. El cazador le arrancó la piel al lobo y se la llevó a casa. La abuela se comió la torta y se bebió el vino que Caperucita Roja había traído y Caperucita Roja pensó: "Nunca más me apartaré del camino y adentraré en el bosque cuando mi madre me lo haya pedido."
domingo, 17 de mayo de 2009
"Trabajo práctico de lengua"
Inventar un héroe-heroína, dios-diosa:
heroína:
se llama Ágata, es alta rubia, con una vestimenta muy particular, (muy elegante: vestidos caros, zapatos altos y muy finos, alhajas con diferentes tipos de piedras preciosas). Ella era reconocida por el mundo, como la "MUJER MÁS ELEGANTE", por ello se creía única.
Era la hija de Claribel, "DIOSA DE LA MUERTE" tenía un carácter muy particular, Ágata era fría y mala, y la madre no podía ver a la gente o familia feliz, síntesis: eran tal para cual. Así terminaron de dominar a la gente, crear un mundo melancólico, donde no existía felicidad, ni buenas noticias. Era su mundo, "OSCUROLANDIA".
diosa:
Se llama Claribel, y es la madre de Ágata. Ella es la "DIOSA DE LA MUERTE". Se caracteriza por poseer vestidos de alta costura, mucho maquillaje de colores oscuros, una corona particular con muchos diamantes.
Como era la diosa de la diosa de la muerte, no podía ver a las familias felices, porque debía destruir esa felicidad, para lograr su objetivo. Ella tenía un anillo muy particular que atraía la lluvia. Por medio de eso ella se desvanecía, y así podía lograr su objetivo.
realizado por: Melisa Cueto, Ailén Olgiati y Majo Tello.
sábado, 16 de mayo de 2009
¡Hacemos historietas!
Luego de leer los apartados “La religión griega” y “Los dioses olímpicos” en Mitos clasificados 1, hicimos historietas que explicaran nuestras lecturas. Después de algunas correcciones, las escaneamos y las subimos al blog.
viernes, 15 de mayo de 2009
El zorro Cavenaghi
Hoy, después de repasar los temas para el próximo examen, nos tomamos diez minutitos de descanso y fuimos diciendo una palabra cada alumno para construir un cuento. No lo terminamos pero a continuación podrán leer hasta donde llegamos:
El zorro hizo una mezcla llamada ongoisongois a la putanesca. Está re loco como un árbol, pero se sentía afectado por su cabeza.
Cabeza, cabeceame, cabezón, Cavenaghi.
jueves, 14 de mayo de 2009
Mito inventado... Orígenes de Carlos Santana
jueves, 7 de mayo de 2009
La Lucha Sagrada
miércoles, 6 de mayo de 2009
Mitología
sábado, 2 de mayo de 2009
querida nilda:
Te escribía para decirte que te extraño mucho y que esta distancia me duele. Entiendo el problema que está viviendo tu país. He pensado en volver, ya que en el país que habito, los problemas económicos se están solucionando.
No puedo creer que este jodido dólar, que está subiendo casa día más, nos impida vernos. Siempre con un problema diferente, un día el dólar, otro los paros de transporte, las huelgas del campo, e infinitas cosas más.
Me encantaría redactar un carta que llegara al gobierno y poder solucionar todos estos problemas.
jueves, 23 de abril de 2009
Cuento infantil con fórmula matemática.
Eran tres chanchitos con una bruja, si restamos a la bruja nos quedan tres chanchitos.
Los tres chanchitos se enamoraron de tres chanchitas y se multiplicaron por tres, pero lamentablemente uno de los chanchitos muere en el parto, o sea, restamos un chanchito, luego, sumamos un cazador y restamos otro chancho porque el cazador caza a uno y lo hace jamón.
¿Cuántos chanchitos quedan?
¡No le pusimos título!
Discurso político con amor
martes, 31 de marzo de 2009
LOS DATOS PERSONALES por Julio Mauricio
Me dijo: -¿NOMBRE Y APELLIDO?
Le dije: - CLARA GARCÍA
Me dijo: -¿EDAD?
Pude decirle...: “a veces una edad de vieja”. (sonríe) Porque es así no más. Cuando, por ejemplo, quiero hablar con el Daniel y me dice...: “no, hoy no, que estoy ocupado”; entonces me siento vieja.
Y también cuando salgo a la calle y la gente anda con la cara tiesa.
Y cuando me acuesto y me pongo a pensar...: “Mañana otra vez al taller”.
En cambio... ¿Vio, señora, esos días con poca humedad que una se siente como nueva? Bueno, ahí tengo otra edad. Y cuando tomo el colectivo y me voy a “La Salada”, por ejemplo, también. Mire, señora, compare eso del viaje a “La Salada” con mi salida medio muerta del taller a las seis. ¿Se puede hablar de una edad que una tiene?
Pero, claro, él se refería a otra cosa y entonces no le dije nada de todo esto. Le dije...:
-TREINTA Y CINCO AÑOS.
Me dijo: -¿NACIONALIDAD?
Otro lío. Porque cuando una se pone a pensar en las cosas más sencillas descubre que no son tan sencillas. ¡Usted, señor!, ¿se puso a pensar alguna vez en las cosas sencillas? ¡Hágalo, es bárbaro lo que se puede descubrir! Mire...: mis padres eran gallegos; y los primos de mis padres también. Así que crecí entre gallegos. Y la otra gente hablaba distinto. De chica, mi mejor amiga -¡ay, ¿por dónde andará ahora?!- era Carmela. Y los padres eran italianos. Yo iba a la casa de ella, dos piezas más al fondo que la mía. Y en la pared tenían un retrato de un señor que miraba con los ojos muy abiertos. Después supe que era Benito Mussolini. Bueno, en esa casa se hablaba de otra manera.
Y en el taller tengo dos compañeras de mesa. Una es correntina, se llama Alicia. La otra es jujeña y se llama Josefina. Bueno, una habla y habla y va viendo que no parece que hayamos nacido en el mismo país. Entonces tendría que decir...: “soy hija de gallegos, nacida en la Capital”.
Pero dije lo mismo que dicen la jujeña y la correntina. Les dije...:
-ARGENTINA.
Me dijo: -¿CASADA O SOLTERA?-
¡Ay! (pausita). Soltera. Pero no cien por ciento (pausita). Tengo una hija de catorce años. Se llama Marta. Está en segundo año del Liceo y va por la tarde. Por la mañana cose corpiños para el taller donde trabajo. Le puse Marta por la mejor amiga que tengo. ¡Ay, miren...! ¡Me parece mentira que yo sea la madre!
(Une las manos y mira hacia arriba conmovida).
¡Es tan inteligente y tan fina! El padre, por lo que recuerdo, era simpático, pero no creo que fuera muy inteligente. Tal vez por falta de instrucción. A mí, ustedes ya me ven, ¿qué se puede esperar?
Miren, yo pienso a veces en cosas muy tristes. Pienso en cuando quedé embarazada. Claro, cuando mamá lo supo había pasado bastante tiempo. Miren... ¡no me animaba! ¡Ay, cómo se puso! ¡Ay, qué cosa más horrible! ¡Parecía loca! Cuando leo en los diarios que han torturado a alguno, yo pienso si será peor que lo mío cuando mis padres lo supieron. ¿Y todo por qué...? Si uno la ve a Marta, puede preguntarse eso...: “¿por qué tanto lío?”. Mi padre, que en paz descanse, después se puso chocho con la nieta. A mi madre la veo cuando charla con Marta y pienso...: ¿y si le digo ahora, “mamá, ¿por qué me hiciste tanto lío?”. No ¡claro que no se lo voy a decir! Ella tenía sus ideas en la cabeza. Ahora todavía me aguanto cosas del chusmerío, pero yo la miro a Marta y me digo...: “¿qué me importa?”. Marta es lo mejor que hice en mi vida. Una tía mía se murió soltera y sin hijos. ¡Pobre! ¡Si por lo menos hubiera tenido un hijo! Porque después de todo, el marido es secundario si una puede trabajar.
Con la nena no me pude casar. Porque una puede aguantarle a los hombres ciertas cosas porque no son perfectos y al fin de cuentas no tenemos nada mejor. Pero es algo personal. ¿Cómo podía meter en mi casa a un hombre que tiene que ver conmigo, pero no sé si se llevará bien con Marta? Es un asunto muy delicado y yo lo cuido mucho.
Marta me dijo una vez: “mamá, ¿por qué no te casás? ¡Sos tan joven y tan linda!” (sonríe enternecida). Así nos ven los hijos (transición). Ahora estoy saliendo con el Daniel. Porque las mujeres también tenemos sentidos. Vamos a ver qué pasa.
Pero al fin de cuentas soy soltera, así que le dije...:
-SOLTERA
Me dijo: -¿DE QUÉ SE OCUPA?
Me levanto a las seis y media de la mañana. Pongo la leche al fuego y me meto en el baño. Mi madre me oye y se levanta y llega a la cocina antes de que se escape la leche. Después tomo el colectivo 42 en Chacarita y me voy a Pompeya, al taller. Con las dos chicas que les dije, revisamos el trabajo de las costureras de afuera como Marta. Dale y dale mirar corpiños (ríe). Cuando salgo veo un corpiño flotando en el aire (transición). De las doce a las dos de la tarde...: tomo el colectivo para casa, como, lavo las cosas en la pileta del patio –porque si la dejo a mamá le ataca el reuma-, vuelvo al colectivo y de dos a seis sigo mirando corpiños. A las seis y diez otra vez el colectivo. Hago mi higiene personal y la de la casa. Comemos. Escuchamos algunos noticieros para saber cómo marcha el mundo, y nos vamos a dormir.
Me ocupo de todo eso. Pero, claro, la pregunta era para saber si una es abogada, o artista, o profesora, o portera, o empleada; y como yo no soy nada de eso, le dije...:
-OBRERA
Me dijo: -¿DÓNDE VIVE?
En uno de esos departamentos antiguos, de corredor. Tiene tres piezas y una piecita con escalera. Yo alquilo una pieza y la piecita.
Antes mi mamá dormía en la piecita, pero ahora con las várices no puede subir. Entonces pasó Marta arriba, que por otra parte le viene bien para estudiar. Claro que mamá se hace mala sangre porque se levanta mucho de noche -¡es increíble el líquido que suelta!- y piensa que no me deja dormir; pero una se acostumbra.
El problema es con la gente que nos alquila. Quieren que desocupemos y nos hacen la guerra. Sobre todo lo siente mamá que se mete en la pieza cuando está sola para no oír cosas desagradables. A mí me respetan más porque tengo mi carácter, pero andamos como perro y gato. Y una comprende, ¡pobre gente!, necesitan el departamento. Pero, ¿qué se puede hacer?, ¿dónde me meto? Si alguien de ustedes sabe de un departamento, no importa que sea viejo y no esté pintado; si me hace el favor, deja dicho aquí o a don Pascual del almacén, yo se lo voy a agradecer mucho. La verdulera me habló de una señora sola y enferma que quiere alquilar una parte para tener compañía. Vamos a ver si tengo suerte. Pero, como ustedes comprenderán, no era esto lo que me preguntaban. Así que dije...:
-OLLEROS 3710.
Me dijo: -FIRME AQUÍ.
Me puse los anteojos de ver de cerca y firmé.
(Mira a la platea con complicidad, sonríe, se encoge de hombros.)
APAGÓN
Primeras lecturas, primeras consignas
El primer día de clase, para empezar a conocernos, leímos la obra de teatro Los datos personales de Julio Mauricio. Notamos cómo el personaje "hablaba de más" porque esos datos que debía dar no llegaban a describir del todo su realidad.



